Es raro encontrar un libro con tres autores, y es más raro aún que no digan quién escribió cada capítulo. Este es un libro a seis manos, y no sabemos cuál de ellas escribió cada trecho. Al leerlo, me preguntaba cuánto había en esta producción escrita de un trabajo de cartel, así como lo propuso Lacan para su Escuela. Dejé la cuestión abierta, pero aproximé una primera respuesta; quienes la saben son estos tres autores, "más uno": la pregunta que los orienta y el texto escrito.
¿Cuál es la pregunta? Aquella que colocará Lacan en 1964, al concluir su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, al fundar su Escuela: ¿cómo vivir la pulsión, en particular después del final de análisis? Esto debería advertirnos de aquello que los inquieta y que, en mi lectura, entiendo que se trata no solamente del final del análisis y su después, sino de cómo somos vividos por esa fuerza constante (Drang) que siempre erra la mira y que, por tal razón, permite que cada uno tenga un modo singular de hacerse a eso que ratea, que cojea. Esto vale para la vida, para cada recorrido de cada análisis y para sus finales.
La doble acepción de la palabra cauce es apropiada para convidar a la lectura de este libro. Cauce como lecho en el que el goce hace su trayecto, pero también cauce como medio o procedimiento para algo. En la primera acepción, encontramos la pregunta por el síntoma, el cuerpo y el goce. En la segunda, nos aproximamos a la cuestión, siempre en proceso de trabajo, sobre el recorrido de cada análisis. En-causar los cauces de esa fuerza constante no es cosa que se haga de un día para el otro. Cuando alguien consulta por su padecimiento, ya testimonia de ese cauce del cual poco sabe, aunque se sepa su rehén.
Acoger esa demanda y ofertar el dispositivo freudiano a partir de la regla fundamental es la puerta de entrada del análisis, esto es: que se diga de los cauces de eso que Lacan, después de Freud, llamará campo lacaniano. Si algo indican los cauces del goce es lo que quedó, paradójicamente, represado y movilizado por el estrecho lecho de los síntomas, que no son nada más que la respuesta a lo que se interpretó de la heteridad del Otro, aquello que Lacan formalizó con su noción de fantasma fundamental.
Abordar la pregunta por el goce y sus cauces nos obliga, decididamente, a enlazar —como Alejandro, Fernando y Matías lo indican— el trípode: deseo, goce y síntoma. Es la razón por la cual, de manera a veces caleidoscópica, retorna la pregunta por el deseo del Otro por la que se atraviesa en un análisis cuando es sustentada por el deseo del analista y su disponibilidad; también es la razón por la cual las diferentes versiones lacanianas del goce son aquí presentadas, no sin sus referentes freudianos. Con ellas, sabemos de la materialidad de la cual está hecha y empapada cada formación sintomática, pero, además —y fundamentalmente—, que ese síntoma tiene un trayecto —en un análisis— que pasa de la formación (de compromiso) del inconsciente (freudiana) a la identidad de la letra de sí a sí (lacaniana).
Ciertamente, uno de los debates que interesan a los tres autores recae sobre el estatuto del inconsciente, uno de los conceptos del psicoanálisis que enlazan el saber y el goce con el RSI, y no hay goce sino con un cuerpo que, en su misterio hablante, acoge la pregunta que el sujeto pudo hacerse en su división.
Es gracias al síntoma que sabemos de la pulsión que agita al hablanteser (parlêtre), y que lo agita en ese campo que es del lenguaje y del cual se apropia con su cuerpo, con el cual habla. Inconsciente y síntoma se predican aquí como extraños y hacen eco al misterio del cuerpo hablante. Así, el paralelo que establecen sobre el recorrido de un análisis se lee en la doble vertiente: del inconsciente transferencial al inconsciente real, así como del síntoma al sinthome, allí donde se hacen causa las versiones del goce, siempre entrópico para el viviente que habla.
Sobre la extrañeza del inconsciente, luego de una larga investigación sobre el trauma, me he preguntado hasta poder llegar a afirmar que, en un análisis, a medida que hacemos consciente lo inconsciente, constatamos que de lo que se trata es de hacer extraño lo inconsciente. Lo extraño del inconsciente es traficado al cuerpo extraño del síntoma, al cual se suma en su extraterritorialidad. Así, el deseo del analista timonea, apuntando hacia lo extraño, lo extranjero y la extraterritorialidad para que el cauce del goce, sus cauces, no hagan un desvío en el discurso del amo o en el universitario. Eso implica que la orientación es hacia lo real, hacia el fuera de sentido, la fixión que hace del cauce del goce algo diferente a la fijación, a condición de que una ficción se diga y se des-diga, produciendo, después de un sinnúmero de vueltas, el pasaje de la demanda fundamental al Un-decir, si seguimos a Lacan al pie de la letra.
La lectura de este libro me permite avanzar un poco más. Hacer extraño lo inconsciente es lo mismo que decir que no podemos identificarnos con él. La identificación con el síntoma es aquí ese poco de conocimiento con el cual podremos saber hacer, en la vida y en la dirección de otros análisis. Los autores frisan esta afirmación sobre el síntoma y la posibilidad de ese poco de conocimiento. Es un hecho que ellos subrayan este poco de para inyectar alguna cuestión en las afirmaciones sobre el saber hacer, a lo cual agrego: del saber hacer ahí con. Leemos entonces lo que se anuda en esa fixión, en la identidad de separación y en el sí mismo que se produce en el trayecto de un análisis.
Inevitable caminar por la pregunta de los cauces del goce sin incluir aquella que se cuestiona por el cuerpo en psicoanálisis; "toda una economía del goce, del síntoma y de las relaciones del sujeto con el cuerpo" es destacada en este trabajo jazzero. Y los autores no se ahorran en incluir esa economía del goce en la realidad pandémica, que ha puesto en relieve la pregunta sobre "eso que retiene invisiblemente a los cuerpos", como lo apuntará Lacan en 1973.
Las diferentes elaboraciones sobre el cuerpo y el des-encuentro de los cuerpos me evocó esta cuestión lacaniana de escandalosa actualidad. Me pregunto si no es por esa realidad avasalladora que los autores han elegido la ciencia-ficción para referirse a aquellos cuerpos atrapados por el discurso, a lo cual agrego apalabrados —expresión de Lacan aparecida en los mismos años antes mencionados.
Al leer a Lacan, podemos ver el pasaje que atraviesa aquellos cuerpos aprisionados y apalabrados por los discursos junto a ese cambio de acento en lo que refiere al cuerpo que pasa de la cuestión del ser al tener.
Son varias las definiciones de cuerpo en psicoanálisis. Podemos indicarlas a partir de los tres registros: real, simbólico e imaginario. Algo es innegable, algo que los autores acentúan en este libro: el cuerpo se produce, es algo que se tiene —Lacan sostenía lo mismo en 1975. Se trata del cuerpo producido por el goce del hablanteser. Sin eso, no hay ninguna noción de cuerpo que el psicoanálisis pueda formular. Ningún algoritmo podrá substituir el misterio del cuerpo hablante: algo-rithmus que evoca los ritmos de los cuerpos en su misterio, los mismos que interesan al psicoanálisis.
El encuentro cuerpo-a-cuerpo, ¿qué lo sostiene? No hay respuesta —eso es obvio—, porque la respuesta es singular, pero algo-del-ritmo de esos cuerpos firma, des-firma, a-firma lo que allí se ha producido de un indecible y del indecidible. Esto vale para el deseo y el goce sexual, así como para el encuentro de los cuerpos en análisis, en el cual, sabemos, el analista debe pagar con su persona, retirando cualquier conclusión subjetiva —la suya— de lo que ese encuentro de cuerpos produce: encuentro de cuerpos, entre el decir-analizante y el acto analítico, cuyo saldo resta siempre del lado de la tarea-analizante —hasta donde ella puede ser llevada— y no de la función-analista, f(x). Dicho de otro modo, del saldo producido en el encuentro cuerpo-a-cuerpo de la transferencia sabremos por el decir-analizante, cabiéndole al analista su única respuesta: la interpretación, resultante de saberse el resto de la operación analítica.
No parece, hasta el momento, que la pandemia y el apartamiento de los cuerpos en un mismo ambiente nos hayan impedido eso. Aquí, en la clínica, como siempre, las respuestas se retiran de la experiencia orientada por la política del psicoanálisis y el acto del analista —su ética.
El recorrido por el tratamiento del cuerpo en la ciencia-ficción —la cuestión del tener un cuerpo— no deja de dar al texto un tono poético, en particular tratándose de aquellos que aquí escriben. De la realidad virtual a la ciencia-ficción, pasando por las elaboraciones de Lacan sobre LOM, en última instancia, aquí se resalta lo que interesa en un psicoanálisis y que entiendo es una de las tesis fuertes de este libro:
Hasta aquí, pretendemos poner de manifiesto que la posición subjetiva del analizante es equivalente a la del cuerpoanalizante, término que utilizamos para nombrar esa nueva condición que es el síntoma analítico, en tanto que la transformación, efecto del análisis, incluye al cuerpo en sus diversas presentaciones y registros. Debemos insistir en esta idea, simple, pero potente: no hay nuevos cauces para el goce sino a condición de que haya una nueva relación entre lalengua y el cuerpo, una reformulación del cuerpo que ingresó por la puerta del análisis y que, paradójicamente, se torna más vital en tanto que se relaciona de otra manera con la muerte que lo habita.
La turbulencia del goce es vecina íntima del anudamiento del cuerpo y lalengua. Son los efectos de esta última los que se elongan en las vueltas de los dichos de la demanda, haciendo del cauce del goce algo apenas un poco diferente, pero no por ello menos importante para aquel que se arriesgó y pagó por esa aventura, que hizo de ella su opción, o sea, su elección. Son esos efectos de real los que —en los cuerpos apalabrados por/en el discurso analítico— pueden producir una letra que es del campo de lo Uniano y del Hay del Uno (Il y a d'l'Un), efectos de un real que no se dice, letra que se lee por sus efectos/afectos, en particular en lo que resta después de un análisis, en lo que resta de insabido y que apunta al porvenir. Es en esa trilla que el lector podrá leer, en los cauces de un análisis, el pasaje "de la dramática a la gramática, y de esta a la auto-fixión", trayecto que es un índice de lo imposible de leer en un análisis para hacerse a Eso, y sin duda alguna para sustentar "otra corporeidad erotizada" que permita, como lo hacen los autores de este libro, debatir con otros discursos y sustentar lo que el psicoanálisis puede aportar a las urgencias de la época.
¿Este libro es el producto de un cartel que incluye el producto final de cada uno de los miembros del mismo? Les dejo esta pregunta, pero no lo hago por casualidad; lo hago porque entiendo que la transferencia de trabajo es heredera de la transferencia analítica. Difícilmente podremos saber de los lazos de transferencia de trabajo si no fuimos-somos apalabrados por el lazo social del discurso del analista. Es muy probable que con ello se transmita, en lo que podamos producir —de lazos y de escritos—, nuestra relación (imposible) con la causa. Entonces, mi pregunta se podrá leer con la pregunta que finaliza este libro.
Sandra Berta
São Paulo, Brasil,
19 de septiembre de 2021